Cajita de cristal...


Tengo una cajita de cristal que es mi legado mejor. Guarda para mí todos los pasados que fueron futuro y que un día serán recuerdos por venir. Imágenes y voces. Emociones que van y que vuelven como en una rueda que gira, eterna, entre la vida y la muerte, entre la ausencia y la resurrección. Memorias que allí se quedaron, dejando filamentos de su paso por mi y a través de mí. Guardo también entre sus destellos de ocasión, mis propios momentos ya vividos y algunos retazos de luz y de sombra que se grabaron en esta película refractaria y volátil; en esta pantalla que muestra y que oculta; en este oráculo de implacables verdades y piadosas mentiras.

Tengo una cajita de cristal en la que yo misma me adentro de poco en poco. Fugaces retratos de vanidad perecedera, de felicidad efímera, de tristezas largas y de lágrimas que queman; de pavor profundo...

Tengo una cajita de cristal con un solo cristal, caprichoso y voluble, sobre el que se expanden y se internan las profundidades perpetuas y en el que cohabitan una multitud y todas las soledades en las extensas y difusas dimensiones de un espacio intangible y de un tiempo imaginario.

Tengo una cajita de cristal, sin música de metal ni bailarinas de plástico, donde fluyen en coro las voces amadas y danzan descalzas las almas que esperan sin prisa mi paso final.


Breve historia mágica...


Imagino que la magia es una convicción íntima de lo irreal, una percepción inmanejable de lo inmaterial, una ilusión que se expande sin control en las fronteras mismas de la conciencia y de los sueños. Sin dudas que hubo magia una tarde de aquel verano en la sencilla y algo retraída ciudad de Uberaba, una especie de pueblo grande que sobrevive en la nostalgia de pasados más luminosos y esperanzados que el paso del tiempo deshilachó pacientemente. Un proyecto urbano que bien pudo haber sido garabateado sobre un papel ajado que el frustrado artista terminó arrojando entre los verdes morros del Brasil profundo. Ahora, a la distancia, creo que ahora podría decir que ese rincón mineiro detenido en el tiempo fue mi personal, fantástico y casi real Macondo.

Apenas comenzaba a desperezarse el domingo. El barrio parecía aún adormecido cuando la mañana ya empezaba a hacerse tarde y yo crucé la "varanda" de humilde cemento alisado matizado por febriles y serpenteantes rajaduras finas y breves, mientras que saboreaba en el aire el aroma de los mangos ya maduros que pendían de un árbol cuyas ramas invadían parte del jardín desde la pared vecina. Escalones abajo, lagartijas de todos los colores y tamaños corrían y se entrecruzaban tambaleantes y presurosas de una medianera a la otra, de jardín en jardín. Posiblemente sin saber hacia dónde ir o lo que querían a hacer, tal como yo misma...

El sol caía a pleno y "pesaba" sobre el cuerpo cuando salí a la calle desolada y silenciosa. Caminé lenta y libremente. Sólo contemplaba los pequeños detalles, aquello que en mis apuros cotidianos no había mirado nunca. El descubrirlos me permitó vislumbrar mundos desconocidos, diminutos o simplemente ignorados en la arrogancia de mis prioridades. Intentaba no juzgar ni comparar, sólo contemplar. No quería saber nada de lo que siempre imaginé importante ni pretendía comprender el para qué de las presencias o el por qué de las ausencias.
La calle era un suave tobogán que ayudaba a caminar livianamente. Caminaba descansadamente y en el fácil descenso me sentía acompañada por el parloteo alegre de bandadas de cotorras que entraban y salían en alborotado aleteo de la reserva de selva original hacia donde me dirigía y de la que me separaban unos ochocientos metros apretujados en sólo tres cuadras exageradamente largas y ondulantes. En la subida final del morro y a mi izquierda, un alambrado separaba la casi precaria vereda de la vegetación exhuberante de la reserva natural, testimonio de un profundo sentimiento de culpa de la ciudad por el tajo brutal que le había abierto a la naturaleza. A la sombra de los altísimos y frondosos árboles ubicados en el límite mismo con el espacio urbano, el aire era fresco y estimulante y estaba saturado de múltiples perfumes que se entremezclaban y que parecían irreales e inabarcables.

En ese rectángulo de una docena de hectáreas el universo mismo había desaparecido, oculto por un cielo de compacto follaje que parecía hablarme dulcemente con un murmullo lejano y apenas perceptible, casi como un coro de diminutas voces milenarias. El arco iris arbóreo de infinitos matices de verde y el aire terso y aromado que me envolvía, alimentaban aquellos pensamientos fugaces que viajaban sin rumbo entre los deseos que un día guardé en las profundidades de la memoria para luego quedar estancados en el pasado y aquellos difusos recuerdos del futuro que mi intuición esbozaba con fino pincel en forma de lugares y de rostros que en algún amanecer impreciso me estarían aguardando. Todo ese compacto cúmulo de sensaciones tejía una suerte de piel tersa que me encerraba con ternura en una burbuja sin tiempo y sin fronteras.

Mientras tanto el sendero por el que avanzaba con descuido se iba angostando imperceptiblemente al ritmo lento de mis pasos y se internaba en la espesura cada vez más voluptuosa y densa. La luz esparcía su agonía con resignación,  vencida poco a poco por una sombra fresca e impermeable. Tan cerrado era el follaje que el verde tendía implacablemente hacia una negrura inquietante pero placentera que permitía que las pequeñas flores silvestres que salpicaban los bordes del camino parecieran diminutas lucecitas de colores y que las orquídeas enamoradas de las rústicas cortezas de los árboles simularan fantásticos pájaros dormidos.

En un extraño remolino del tiempo (o de los tiempos) sentí que de alguna manera me transportaba a otras dimensiones de mí misma, de la naturaleza humana y universal. Nunca supe si fue un ascenso vertical hacia las altas profundidades de tanto verde anochecido o si aquella planicie rugosa y vibrantemente viva que me cubría caía sobre mí para aferrarme con sus mil tentáculos de amor sombrío y savia urgente. Tampoco pude dilucidar jamás si estaba con los ojos abiertos o cerrados; si estaba despierta o si yacía dormida; si fue un sueño lúcido o un mágico viaje de un subconciente sediento de nuevas libertades y de horizontes primigenios.
Creo que allí arriba, en la descomunal altura de aquella selva aprisionada entre los fríos alambrados, apareció de improviso alguna hendija que conectó mi pequeñez con aquella dimensión del tiempo que ningún reloj tenía registrado, con un espacio que hasta entonces no se había desplegado o con la nada misma que comunica con el todo. 
Y en ese preciso instante los pájaros callaron, los árboles aquietaron sus brazos madereros y eternos, el sendero borró mis pasos, la hierba sombría y húmeda se olvidó de crecer, las orquídeas disimularon su ostentosa belleza y un silencio espeso abrió su vientre desde las alturas incomprensibles para dejar escapar un pequeñísimo suspiro luminoso, más blanco que el blanco mismo. Era un punto en la negrura que caía zigzagueante, que titilaba y vibraba produciendo una embriaguez que hipnotizaba el corazón. Caía flotando y flotaba cayendo y en su descenso de insinuante sensualidad se dirigía directo a mí como palabra divina, como un angel mundano, como la genuina luz del corazón.
No puedo imaginar cuánto tiempo llevó el descenso de aquella pequeña estrella de apariencia titubeante pero que cargaba con la certeza de su esencia cósmica y única. No intresa el tiempo, como jamás interesó. Bien pudieron ser dos minutos, dos días o dos vidas. Y además ¿cómo podría saberlo yo si no tenía claro si era mi conciencia que evaluaba y consideraba, mi inconciente que recordaba y revivía o si simplemente era el alma que gozaba y se ensanchaba?

Y allá en el fondo estaba yo, tendida boca arriba sobre el ancho tronco vencido, mientras que aquel pedacito de universo se acercaba a mí en descenso arremolinado a veces, tembloroso por momentos e irremediablemente blanco siempre. Parecía un mínimo papel que alguna mano hubiera lanzado al viento, o como si hubiese sido arrojado dentro de una botella que bailoteaba sin control a merced de los caprichos indescifrables del mar.
Al fin una suave ola de brisa tibia la acercó hasta mí y para mi deleite se quedó suspendida un instante mínimo en el aire; tal vez para satisfacer su curiosidad o quizá  para asegurarse de que yo nunca la olvidara. 
Una maravilla de la naturaleza o un milagro inventado para mí. Creo que moriré sin saberlo...
Era una mariposa, pero una mariposa que nunca había visto y que jamás volveré a ver. No hay otra igual ni la habrá. Su forma y su apariencia no eran precisamente lo que yo hubiera podido identificar como natural. No por la perfección a la que la naturaleza me acostumbró, sino por su estricta pero graciosa y delicada forma geométrica. 
Era, pues, un rectángulo blanco, alargado y fino de inmaculada blancura y cuyo blanco perímetro estaba completamente poblado de tenues volados blancos, cual suntuoso y ondulante vestido blanco de bailaora gitana. Era blanca blanquísima, como el amor, como la esencia nívea, como la sal seca de una lágrima y, si en verdad existe Dios, ella habría sido tan blanca como el blanco aura de la clara divinidad. Sería entonces tan blanca como la Gracia de Dios.
Era una danza sensual, un ritual pagano, una premonición oculta. Aquella titilante blancura era un farolito de arrabal recostado contra el negro cielo de una noche cerrada, un cristal pequeño y frágil como la lágrima del desamor. Era en fin el espejo luminoso de las nieves eternas, luz espejada de la eternidad.

Unos segundos después, al ver que se alejaba flotando y danzando en el aire, imaginé que la suya sería una belleza dolorosa, obligada al deslumbre y sin permiso para el más mínimo desliz estético. Una belleza etérea e intangible, necesitada de desaparecer antes de que una mirada deshiciera su hechizo.

Se escondió enseguida en algún rincón frondoso de aquella metáfora de selva brasilera, desapareciendo de mi vista tan mágicamente como había aparecido. Fue entonces que la vida recobró de a poco su ritmo mecánico y altivo. Cantaron los pájaros sus mil variados acordes, otra vez la hierba pujó por borrar el indeseado sendero, las flores silvestres recuperaron la luminosidad de sus multicolores brillantinas y los pájaros dormidos que esconden las orquídeas volvieron a intentar el vuelo.

Y yo aún sigo allí, recostada sobre el viejo tronco tumbado; tumbada sobre mi alma tendida en la hierba, con el corazón más libre...


Sin palabras...


Decir ausencia significa nada para abarcar la vastedad impenetrable de lo eterno; el silencio de lo inevitable; lo que fue alguna vez y que nunca más será.

Parece miserable llamar dolor a lo que lascera por dentro sin sangrar; a lo que deja un vacío de hielo en los huesos o a lo que sólo deja ver una lágrima de plomo quemando las mejillas.

Hasta hiere encontrarme conque nostalgia es tan sólo una palabra, una idea mezquina que jamás alcanzará a abarcar lo que mis abrazos al aire necesitan encontrar; que no sirve para mensurar los infinitos abismos del alma acongojada...

Y ahora comprendo que tristeza es un concepto por demás pobre para tanto desconsuelo esparcido en cada segundo de todos mis minutos; sobre tanta vida desperdiciada, sobre tanta muerte enseñoreada...



Interioridades...



Mi mundo es lejano, leve y brumoso como un paraje interior.
Una burbuja de pequeños silencios que a veces me sofoca y otras veces me libera.
Algunos días luce como un bosque atestado de vida silvestre; algunas noches como desierto saturado de melodías melancólicas y de palabras yertas.

Mi mundo es un extraño carrousel que nace y muere con cada giro de luces y de sombras.
Por momentos puede ser una tempestad de crueles pesadillas, hasta que un rayo de extraña y breve lucidez lo transforma en diminutos sueños esparcidos por aquí y por allá; cercanos o lejanos; separados o mezclados. Confundidos, habitados por ilusiones diezmadas y esplendorosas utopías...

Este mundo mío es un pequeño jardín de invierno; a veces florido, a veces vencido...


El juego del péndulo...


Cuelga mi piel del cielorraso del olvido.
Pende el alma de un cable oxidado.
La vida misma se desvanece lentamente, amarrada a la única aguja de un reloj malherido...

Y así juego el juego del péndulo perverso que se aleja de la vida y que acaricia la muerte.
Llega el oscuro y ya nada tiene sentido, ni siquiera la noche. La almohada es un campo de batalla y mi cuerpo se retuerce por el dolor de mil aguijones ponzoñosos que traspasan las víseras entre el pecho y la espalda.

Hasta que al fin atraviesa la ventana la velada luz de una mañana nacida noche...




Escapando de mí misma...




Cuando duelen los pasados perdidos y los recuerdos olvidados hieren.
Cuando todo es una mezcla viscosa de sentimientos confusos, me retiro en silencio a aquellos rincones que aún guardan algunas tibias hebras de los soles compartidos.

Cuando las lágrimas caen
de una en una,
de pena en pena,
y del río al mar...

Cuando crece la noche
de pared a pared,
de arriba hacia abajo,
y de afuera hasta el alma.

Cuando aquieto la mente,
cuando olvido mi cuerpo
y cuando recuerdo por fin
caricias, ternuras y besos,
exhalo brumas y sombras
en un tibio suspiro de amor.

Armonías...


"Todo es dual, todo tiene su par de opuestos. 
Los semejantes y desemejantes son los mismos; 
los opuestos son idénticos en naturaleza, difiriendo sólo en grado; 
los extremos se tocan; 
todas las verdades son semiverdades;
todas las paradojas pueden reconciliarse."

Hermes Trimegisto

Desde la altura de tus palabras se ahondan mis silencios; desde tus afueras abordas mis adentros; desde la ilusión de tus futuros atemperas mis nostalgias y todos mis pasados.

Así vamos, vagando con las certezas de nuestras incertezas por tus senderos de luz hasta mis cósmicas negruras; cambiando verdades gastadas por fantasías relucientes y la falsa vanidad a este lado del espejo por el sincero y ondulante reflejo de las almas...