El tiempo sin tiempo...


Como mínima luciérnaga emergiendo tímida desde el fondo oscuro y denso del cosmos infinito, así empezó este tiempo sin tiempo mío. Minúsculo destello de luz transmutado en pasajera desorientada e indefensa que mira por la ventanilla de la vida sin comprender ni el paisaje ni el sentido ni su último destino.

Una insignificante estrella fugaz que fulgura por un segundo en el cielo profundo de la eternidad. Un alma encarnada que apenas comienza a entender que sólo percibe pasados, que todo lo que cree conocer es lo que ha aprendido tiempo atrás. Mente equivocada y febril que supone imaginar lo que es inimaginable y que construye futuros proyectando los errores maquillados de sus propios pasados.

Absurda cazadora de presentes inasibles, escurridizos e imposibles. Presentes que se escapan con el vértigo con que los futuros huyen de la percepción y de las ilusiones y que desde mi ventanilla sólo puedo ver como uno tras otro van quedando atrás, lejanos y perdidos en nuevos pasados.

La materialidad de mi cuerpo, los sentidos falibles, la mente entrenada para reconocer lo que supongo concreto y tangible, el ego construído a los golpes y a ciegas, los sentimientos condicionados por la realidad de lo irreal. Todo, en definitiva, será pasado. Seré pasado para esta ficción nacida de la ilusión de lo temporal, pero cuando regrese al infinito profundo del tiempo sin tiempo seré presente perpetuo.


Presencia...


Una foto tuya sobre mi mesa,
un instante que sobrevive
más allá de todos los recuerdos
y más acá de todos los olvidos.

Después de la lágrima más triste.

Una mirada tan intensa y dulce
sobrevolando besos y amores
que atraviesa los tenues horizontes
de las almas y de los tiempos.

Y tu voz que susurra,
que abarca,
que besa,
que es...


La mano que aprieta...


Esta que me domina es una opresión indefinible; una tristeza inabarcable pero que todo lo abarca; que no está en ningún lugar y está en todas partes; que no se puede identificar ni valorar, sopesar, mensurar o palpar. Es un peso inasible, una mano agarrotada que aprieta implacable y que obliga a mi cuerpo a exhalar hasta la última gota de aire y de esperanza.
Es la nostalgia perpetua del paraíso perdido, de la utopía aniquilada, del amor universal como quimera patentizada. Es el dolor del alma desgajada por la macabra muerte.
Es la revelación de la felicidad como un mito patético basado en la cruel mentira de la esperanza prefabricada con conceptos vacíos e hipocresías de salón. Tan absoluto es esto que termina siendo en definitiva la demostración de que la tristeza también es una vil mentira. Felicidad y tristeza no son más que la manifestación de la dualidad del alma humana y del universo mismo. El bien y el mal, la luz y la sombra, hombre y mujer, vida y muerte. Una se complementa con la otra, se anulan o mutuamente se potencian haciendo girar la rueda de la vida a su capricho.

Y yo a su merced...


La extranjera...


Aquel día en que las lejanías se arremolinaron alrededor de las memorias y las desmemorias de sus pasados, la alegría estereotipada del sol se había escondido tras las micrométricas gotas de una fina garúa, tupida y melancólica. Fue ese día que ella se sintió impulsada a caminar desierta y ajena por las callejuelas empedradas y llorosas del corazón.

El silencio caía pesado y hueco como la llovizna, esquivando el repiqueteo de sus tacones sobre las duras piedras de blandas redondeces.

Se perdió en la atmósfera húmeda de los pasadizos del dolor adherido al cuerpo. Se dejó llevar por el eco de sus propios pasos que rebotaban como si estuvieran encerrados en la caja del cráneo y que se multiplicaban replicados por las altas paredes de sus miedos.
Quiso escapar, ser extranjera de sí misma como un espíritu descarnado y perderse alguna vez, para encontrarse siempre.



Carta al hermano dormido...


Hermano querido:

Perdoname si te distraigo un momento, pero hace mucho que  necesito escribirte esta carta. No sé si alguna vez la podrás leer aunque tengo la certeza íntima de que así será. De todas formas estoy segura de que siempre supiste todo lo que te estoy por decir porque estas palabras, más que palabras serán la mera graficación de sentimientos permanentes y como vos y yo sabemos, los sentimientos son eternos y viajan de indescifrables maneras destruyendo cualquier frontera y lo hacen por siempre y para siempre y en todas las direcciones, adentrándose más y más en ese infinito que inútilmente siempre quise mensurar y ni siquiera imagino.

Pensaba hoy en nuestras largas e incansables charlas, algunas veces profundas y en ocasiones simples y cotidianas, pero siempre hermosas. Nada me enriqueció más que la luminosidad de tus palabras y el arte que dibujaban tus manos en el aire enmarcando la voz. ¿Te acordás que una vez te dije que al ver tus manos mientras hablabas recordé aquella foto de Picasso, esa en la que él, en la oscuridad, dibujaba la paloma de la paz con la luz de una linterna? Porque tus manos, como tus palabras, siempre fueron luz y crearon cosas, abarcaron momentos, describieron ambientes, expresaban sensaciones. Tus manos eran arte. Tanto es así que nunca pude adivinar si las maravillas que desplegaste toda la vida en pinturas y esculturas o en tu trabajo de tantos años eran la representación concreta de la inagotable magia de tu imaginación y creatividad, o si eran tus manos las únicas artífices de todo aquello, que se movían independientes de tu voluntad. Pero no, no me hagas caso: Esto es sólo una de mis tantas tonterías que seguramente te hubieran hecho reír y que merecerían aquella mirada entre tímida, tierna, divertida y piadosa que disfruté tantas veces. Esa mirada de la que sólo me queda una piel de tibieza en el alma y un instante congelado en el corazón de una foto, aquella imagen que cada vez que miro antes de apagar la luz me parece que tus ojos se detienen a contemplar los míos ya cansados. Entonces me quedo en el centro del cuarto para contarte mis cosas, para decirte que te quiero y que siempre te espero. Pero es ahí que siento que muero de ausencias...

Porque esta falta de vos, tu no presencia en este aquí y en este ahora impreciso y cruel, es un vacío en el cuerpo, es un rayo helado y repentino que petrifica las lágrimas apenas asoman al borde rústico del desfiladero de mis ojos. Y entonces ante mí surge con su rigurosidad este precipicio sin fin y sin principio del insomnio.

Si supieras lo oscuras y reptantes que son mis noches y lo mortecinos y crepusculares que se transformaron mis días, porque con cada minuto que se nos escapó siento que cargo con un siglo más de esta soledad de vos, con cada rayo de sol perdido en esta noche repentina, son multitud las primaveras destempladas que se avalanzan sobre mis hombros y con cada parpadeo cristalizado en la lágrima del tiempo, son miles los fotogramas de tus mundos fantásticos que escaparon de las cuencas de mis ojos, del meollo de las vísceras y del corazón de mis huesos.

Se agrieta mi piel por un grito que surge desde muy adentro, por la necesidad imperiosa de gritar que te extraño, pero vociferarlo es absolutamente insignificante para expresar cómo tu ausencia arrasa mi corazón. Te extraña el rincón de la cocina, al lado de la breve cortina donde te sentabas para charlar y compartir un café; te extraña mi ventana que era la primera en descubrirte allá abajo mientras esperabas a que yo corriera a abrir la puerta; te extraña la casa y el aire que respiro. Es la vida que te extraña y a mí me muerde la pena por dentro...
Tu recuerdo me asalta repentino, imprevisible y a causa de cosas o situaciones que parecen de asombro, pero cuando lo medito un poco me doy cuenta de que no es raro porque hoy sos parte del aire y la brisa te expande más allá de todo horizonte y de toda comprensión.
Salgo al jardín y allí están las mismas flores, el mismo colibrí de siempre, el mismo sol y como cada día está el barrio adormecido más allá de la vereda. Pero entonces el viento llega para susurrarme al oído y despeinar mis cabellos e imagino recuperar un poco de la ternura de tu beso en la mejilla. O cuando llueve, escucho caer el agua con la esperanza de que me traiga de regreso, de adivinar en ella y en su repiqueteo melancólico, la melodía de tu voz. Pero al final resulta ser un puñetazo en el pecho pues no consigo recrear la musicalidad, el tono preciso, las inflexiones sutiles de tu voz y al fin termino llorando de impotencia y desconsuelo. Me quedo entonces sentada en la cocina, al lado de la ventana y frente al rincón que quedó vacío y opaco a la espera de una señal, de una palabra insonora, de una estrella fugaz…

Y ahora te pido que me perdones, pero ya no puedo seguir por hoy. Podría contarte tantas cosas, pero no sé si encontaría las palabras así como tampoco sé si tendría algún sentido pues en realidad sólo cuentan los sentimientos... y de eso ya sabés todo. Sólo me queda el consuelo de que en definitiva, vos y yo somos parte del todo y cada partícula nuestra es una parte de cada ser, de cada cosa, de toda gota y de cada estrella. Somos lo explícito y lo implícito. Lo concreto y lo intangible...

Duerme en paz, querido hermano mío...
Sueña los sueños que yo no he podido y recorre con ellos los infinitos caminos del amor y de la luz...

Mariel


Dulce vampirismo...


¿Qué es el amor sino una tierna usura, un dulce vampirismo o un delicado cepo compartido?
¿Qué es sino este espejo donde te veo y en el que me abrazas?

¿Qué es el amor, amor?

Es la luz que encandila y la sombra que suaviza.
Un horizonte y un laberinto.
La profunda lejanía de este cielo.
La prepotencia de tus olas blancas y el sosiego de mis aguas blandas.

¿Qué es el amor sino tu mano con la mía?

Insomnio...



De pronto la noche se parte en mil astillas de hielo, cristal vencido por la pedrada infame de la inconciencia perturbada.

Desde algún punto oscuro de la lejanía más cercana, un grillo hace absurda la idea de un sueño reparador de los cristales rotos y mientras se expanden sus ácidos chirridos, su presencia se agiganta con desmesura hasta ser un todo, armonizando impíamente la cadencia de su tonada metálica que hiere y destempla con el monótono y minucioso compás del reloj en un extraño y viscoso vals, en una enferma revelación de la quietud ausente. 

La nocturnidad misma se transforma en una melaza densa que oprime y ahoga y que mis ojos, inexorablemente abiertos y arenosos, no consiguen abarcar. No pueden distinguir entre los sueños imposibles y los deseos frustrados porque allí, en las mazmorras de mí misma, el desespero se ensaña martillando las paredes cansadas del cráneo, tensando y agrietando cada fibra del espíritu dolido.

Los párpados vencidos y los ojos rotos.
La mirada de neblina y la noche suicidada...