La extranjera...


Aquel día en que las lejanías se arremolinaron alrededor de las memorias y las desmemorias de sus pasados, la alegría estereotipada del sol se había escondido tras las micrométricas gotas de una fina garúa, tupida y melancólica. Fue ese día que ella se sintió impulsada a caminar desierta y ajena por las callejuelas empedradas y llorosas del corazón.

El silencio caía pesado y hueco como la llovizna, esquivando el repiqueteo de sus tacones sobre las duras piedras de blandas redondeces.

Se perdió en la atmósfera húmeda de los pasadizos del dolor adherido al cuerpo. Se dejó llevar por el eco de sus propios pasos que rebotaban como si estuvieran encerrados en la caja del cráneo y que se multiplicaban replicados por las altas paredes de sus miedos.
Quiso escapar, ser extranjera de sí misma como un espíritu descarnado y perderse alguna vez, para encontrarse siempre.



Carta al hermano dormido...


Hermano querido:

Perdoname si te distraigo un momento, pero hace mucho que  necesito escribirte esta carta. No sé si alguna vez la podrás leer aunque tengo la certeza íntima de que así será. De todas formas estoy segura de que siempre supiste todo lo que te estoy por decir porque estas palabras, más que palabras serán la mera graficación de sentimientos permanentes y como vos y yo sabemos, los sentimientos son eternos y viajan de indescifrables maneras destruyendo cualquier frontera y lo hacen por siempre y para siempre y en todas las direcciones, adentrándose más y más en ese infinito que inútilmente siempre quise mensurar y ni siquiera imagino.

Pensaba hoy en nuestras largas e incansables charlas, algunas veces profundas y en ocasiones simples y cotidianas, pero siempre hermosas. Nada me enriqueció más que la luminosidad de tus palabras y el arte que dibujaban tus manos en el aire enmarcando la voz. ¿Te acordás que una vez te dije que al ver tus manos mientras hablabas recordé aquella foto de Picasso, esa en la que él, en la oscuridad, dibujaba la paloma de la paz con la luz de una linterna? Porque tus manos, como tus palabras, siempre fueron luz y crearon cosas, abarcaron momentos, describieron ambientes, expresaban sensaciones. Tus manos eran arte. Tanto es así que nunca pude adivinar si las maravillas que desplegaste toda la vida en pinturas y esculturas o en tu trabajo de tantos años eran la representación concreta de la inagotable magia de tu imaginación y creatividad, o si eran tus manos las únicas artífices de todo aquello, que se movían independientes de tu voluntad. Pero no, no me hagas caso: Esto es sólo una de mis tantas tonterías que seguramente te hubieran hecho reír y que merecerían aquella mirada entre tímida, tierna, divertida y piadosa que disfruté tantas veces. Esa mirada de la que sólo me queda una piel de tibieza en el alma y un instante congelado en el corazón de una foto, aquella imagen que cada vez que miro antes de apagar la luz me parece que tus ojos se detienen a contemplar los míos ya cansados. Entonces me quedo en el centro del cuarto para contarte mis cosas, para decirte que te quiero y que siempre te espero. Pero es ahí que siento que muero de ausencias...

Porque esta falta de vos, tu no presencia en este aquí y en este ahora impreciso y cruel, es un vacío en el cuerpo, es un rayo helado y repentino que petrifica las lágrimas apenas asoman al borde rústico del desfiladero de mis ojos. Y entonces ante mí surge con su rigurosidad este precipicio sin fin y sin principio del insomnio.

Si supieras lo oscuras y reptantes que son mis noches y lo mortecinos y crepusculares que se transformaron mis días, porque con cada minuto que se nos escapó siento que cargo con un siglo más de esta soledad de vos, con cada rayo de sol perdido en esta noche repentina, son multitud las primaveras destempladas que se avalanzan sobre mis hombros y con cada parpadeo cristalizado en la lágrima del tiempo, son miles los fotogramas de tus mundos fantásticos que escaparon de las cuencas de mis ojos, del meollo de las vísceras y del corazón de mis huesos.

Se agrieta mi piel por un grito que surge desde muy adentro, por la necesidad imperiosa de gritar que te extraño, pero vociferarlo es absolutamente insignificante para expresar cómo tu ausencia arrasa mi corazón. Te extraña el rincón de la cocina, al lado de la breve cortina donde te sentabas para charlar y compartir un café; te extraña mi ventana que era la primera en descubrirte allá abajo mientras esperabas a que yo corriera a abrir la puerta; te extraña la casa y el aire que respiro. Es la vida que te extraña y a mí me muerde la pena por dentro...
Tu recuerdo me asalta repentino, imprevisible y a causa de cosas o situaciones que parecen de asombro, pero cuando lo medito un poco me doy cuenta de que no es raro porque hoy sos parte del aire y la brisa te expande más allá de todo horizonte y de toda comprensión.
Salgo al jardín y allí están las mismas flores, el mismo colibrí de siempre, el mismo sol y como cada día está el barrio adormecido más allá de la vereda. Pero entonces el viento llega para susurrarme al oído y despeinar mis cabellos e imagino recuperar un poco de la ternura de tu beso en la mejilla. O cuando llueve, escucho caer el agua con la esperanza de que me traiga de regreso, de adivinar en ella y en su repiqueteo melancólico, la melodía de tu voz. Pero al final resulta ser un puñetazo en el pecho pues no consigo recrear la musicalidad, el tono preciso, las inflexiones sutiles de tu voz y al fin termino llorando de impotencia y desconsuelo. Me quedo entonces sentada en la cocina, al lado de la ventana y frente al rincón que quedó vacío y opaco a la espera de una señal, de una palabra insonora, de una estrella fugaz…

Y ahora te pido que me perdones, pero ya no puedo seguir por hoy. Podría contarte tantas cosas, pero no sé si encontaría las palabras así como tampoco sé si tendría algún sentido pues en realidad sólo cuentan los sentimientos... y de eso ya sabés todo. Sólo me queda el consuelo de que en definitiva, vos y yo somos parte del todo y cada partícula nuestra es una parte de cada ser, de cada cosa, de toda gota y de cada estrella. Somos lo explícito y lo implícito. Lo concreto y lo intangible...

Duerme en paz, querido hermano mío...
Sueña los sueños que yo no he podido y recorre con ellos los infinitos caminos del amor y de la luz...

Mariel


Dulce vampirismo...


¿Qué es el amor sino una tierna usura, un dulce vampirismo o un delicado cepo compartido?
¿Qué es sino este espejo donde te veo y en el que me abrazas?

¿Qué es el amor, amor?

Es la luz que encandila y la sombra que suaviza.
Un horizonte y un laberinto.
La profunda lejanía de este cielo.
La prepotencia de tus olas blancas y el sosiego de mis aguas blandas.

¿Qué es el amor sino tu mano con la mía?

Insomnio...



De pronto la noche se parte en mil astillas de hielo, cristal vencido por la pedrada infame de la inconciencia perturbada.

Desde algún punto oscuro de la lejanía más cercana, un grillo hace absurda la idea de un sueño reparador de los cristales rotos y mientras se expanden sus ácidos chirridos, su presencia se agiganta con desmesura hasta ser un todo, armonizando impíamente la cadencia de su tonada metálica que hiere y destempla con el monótono y minucioso compás del reloj en un extraño y viscoso vals, en una enferma revelación de la quietud ausente. 

La nocturnidad misma se transforma en una melaza densa que oprime y ahoga y que mis ojos, inexorablemente abiertos y arenosos, no consiguen abarcar. No pueden distinguir entre los sueños imposibles y los deseos frustrados porque allí, en las mazmorras de mí misma, el desespero se ensaña martillando las paredes cansadas del cráneo, tensando y agrietando cada fibra del espíritu dolido.

Los párpados vencidos y los ojos rotos.
La mirada de neblina y la noche suicidada...

En gris y melancolía...



Llueve y llueve con la triste cadencia del otoño.
Llueve esta lluvia en gris y melancolía al otro lado del vidrio lloroso y frío. Se desploma hiriente, como palabras gastadas, como sonrisas perdidas.
El agua se desploma ante mis ojos en oleadas verticales, como los sueños recurrentes que se hunden en los ensueños profundos. Se expande irreverente por terrazas y azoteas y sólo quiere hacerse forma, tal vez ya cansada de su blandura de agua blanda que el viento agrio traduce siempre en lágrimas de furia.

La tarde se hace noche temprana y cae la lluvia, caen las luces del patio como luciérnagas sobre los charcos quebrados y son mil destellos tiritados...

Cajita de cristal...


Tengo una cajita de cristal que es mi legado mejor. Guarda para mí todos los pasados que fueron futuro y que un día serán recuerdos por venir. Imágenes y voces. Emociones que van y que vuelven como en una rueda que gira, eterna, entre la vida y la muerte, entre la ausencia y la resurrección. Memorias que allí se quedaron, dejando filamentos de su paso por mi y a través de mí. Guardo también entre sus destellos de ocasión, mis propios momentos ya vividos y algunos retazos de luz y de sombra que se grabaron en esta película refractaria y volátil; en esta pantalla que muestra y que oculta; en este oráculo de implacables verdades y piadosas mentiras.

Tengo una cajita de cristal en la que yo misma me adentro de poco en poco. Fugaces retratos de vanidad perecedera, de felicidad efímera, de tristezas largas y de lágrimas que queman; de pavor profundo...

Tengo una cajita de cristal con un solo cristal, caprichoso y voluble, sobre el que se expanden y se internan las profundidades perpetuas y en el que cohabitan una multitud y todas las soledades en las extensas y difusas dimensiones de un espacio intangible y de un tiempo imaginario.

Tengo una cajita de cristal, sin música de metal ni bailarinas de plástico, donde fluyen en coro las voces amadas y danzan descalzas las almas que esperan sin prisa mi paso final.


Breve historia mágica...


Imagino que la magia es una convicción íntima de lo irreal, una percepción inmanejable de lo inmaterial, una ilusión que se expande sin control en las fronteras mismas de la conciencia y de los sueños. Sin dudas que hubo magia una tarde de aquel verano en la sencilla y algo retraída ciudad de Uberaba, una especie de pueblo grande que sobrevive en la nostalgia de pasados más luminosos y esperanzados que el paso del tiempo deshilachó pacientemente. Un proyecto urbano que bien pudo haber sido garabateado sobre un papel ajado que el frustrado artista terminó arrojando entre los verdes morros del Brasil profundo. Ahora, a la distancia, creo que ahora podría decir que ese rincón mineiro detenido en el tiempo fue mi personal, fantástico y casi real Macondo.

Apenas comenzaba a desperezarse el domingo. El barrio parecía aún adormecido cuando la mañana ya empezaba a hacerse tarde y yo crucé la "varanda" de humilde cemento alisado matizado por febriles y serpenteantes rajaduras finas y breves, mientras que saboreaba en el aire el aroma de los mangos ya maduros que pendían de un árbol cuyas ramas invadían parte del jardín desde la pared vecina. Escalones abajo, lagartijas de todos los colores y tamaños corrían y se entrecruzaban tambaleantes y presurosas de una medianera a la otra, de jardín en jardín. Posiblemente sin saber hacia dónde ir o lo que querían a hacer, tal como yo misma...

El sol caía a pleno y "pesaba" sobre el cuerpo cuando salí a la calle desolada y silenciosa. Caminé lenta y libremente. Sólo contemplaba los pequeños detalles, aquello que en mis apuros cotidianos no había mirado nunca. El descubrirlos me permitó vislumbrar mundos desconocidos, diminutos o simplemente ignorados en la arrogancia de mis prioridades. Intentaba no juzgar ni comparar, sólo contemplar. No quería saber nada de lo que siempre imaginé importante ni pretendía comprender el para qué de las presencias o el por qué de las ausencias.
La calle era un suave tobogán que ayudaba a caminar livianamente. Caminaba descansadamente y en el fácil descenso me sentía acompañada por el parloteo alegre de bandadas de cotorras que entraban y salían en alborotado aleteo de la reserva de selva original hacia donde me dirigía y de la que me separaban unos ochocientos metros apretujados en sólo tres cuadras exageradamente largas y ondulantes. En la subida final del morro y a mi izquierda, un alambrado separaba la casi precaria vereda de la vegetación exhuberante de la reserva natural, testimonio de un profundo sentimiento de culpa de la ciudad por el tajo brutal que le había abierto a la naturaleza. A la sombra de los altísimos y frondosos árboles ubicados en el límite mismo con el espacio urbano, el aire era fresco y estimulante y estaba saturado de múltiples perfumes que se entremezclaban y que parecían irreales e inabarcables.

En ese rectángulo de una docena de hectáreas el universo mismo había desaparecido, oculto por un cielo de compacto follaje que parecía hablarme dulcemente con un murmullo lejano y apenas perceptible, casi como un coro de diminutas voces milenarias. El arco iris arbóreo de infinitos matices de verde y el aire terso y aromado que me envolvía, alimentaban aquellos pensamientos fugaces que viajaban sin rumbo entre los deseos que un día guardé en las profundidades de la memoria para luego quedar estancados en el pasado y aquellos difusos recuerdos del futuro que mi intuición esbozaba con fino pincel en forma de lugares y de rostros que en algún amanecer impreciso me estarían aguardando. Todo ese compacto cúmulo de sensaciones tejía una suerte de piel tersa que me encerraba con ternura en una burbuja sin tiempo y sin fronteras.

Mientras tanto el sendero por el que avanzaba con descuido se iba angostando imperceptiblemente al ritmo lento de mis pasos y se internaba en la espesura cada vez más voluptuosa y densa. La luz esparcía su agonía con resignación,  vencida poco a poco por una sombra fresca e impermeable. Tan cerrado era el follaje que el verde tendía implacablemente hacia una negrura inquietante pero placentera que permitía que las pequeñas flores silvestres que salpicaban los bordes del camino parecieran diminutas lucecitas de colores y que las orquídeas enamoradas de las rústicas cortezas de los árboles simularan fantásticos pájaros dormidos.

En un extraño remolino del tiempo (o de los tiempos) sentí que de alguna manera me transportaba a otras dimensiones de mí misma, de la naturaleza humana y universal. Nunca supe si fue un ascenso vertical hacia las altas profundidades de tanto verde anochecido o si aquella planicie rugosa y vibrantemente viva que me cubría caía sobre mí para aferrarme con sus mil tentáculos de amor sombrío y savia urgente. Tampoco pude dilucidar jamás si estaba con los ojos abiertos o cerrados; si estaba despierta o si yacía dormida; si fue un sueño lúcido o un mágico viaje de un subconciente sediento de nuevas libertades y de horizontes primigenios.
Creo que allí arriba, en la descomunal altura de aquella selva aprisionada entre los fríos alambrados, apareció de improviso alguna hendija que conectó mi pequeñez con aquella dimensión del tiempo que ningún reloj tenía registrado, con un espacio que hasta entonces no se había desplegado o con la nada misma que comunica con el todo. 
Y en ese preciso instante los pájaros callaron, los árboles aquietaron sus brazos madereros y eternos, el sendero borró mis pasos, la hierba sombría y húmeda se olvidó de crecer, las orquídeas disimularon su ostentosa belleza y un silencio espeso abrió su vientre desde las alturas incomprensibles para dejar escapar un pequeñísimo suspiro luminoso, más blanco que el blanco mismo. Era un punto en la negrura que caía zigzagueante, que titilaba y vibraba produciendo una embriaguez que hipnotizaba el corazón. Caía flotando y flotaba cayendo y en su descenso de insinuante sensualidad se dirigía directo a mí como palabra divina, como un angel mundano, como la genuina luz del corazón.
No puedo imaginar cuánto tiempo llevó el descenso de aquella pequeña estrella de apariencia titubeante pero que cargaba con la certeza de su esencia cósmica y única. No intresa el tiempo, como jamás interesó. Bien pudieron ser dos minutos, dos días o dos vidas. Y además ¿cómo podría saberlo yo si no tenía claro si era mi conciencia que evaluaba y consideraba, mi inconciente que recordaba y revivía o si simplemente era el alma que gozaba y se ensanchaba?

Y allá en el fondo estaba yo, tendida boca arriba sobre el ancho tronco vencido, mientras que aquel pedacito de universo se acercaba a mí en descenso arremolinado a veces, tembloroso por momentos e irremediablemente blanco siempre. Parecía un mínimo papel que alguna mano hubiera lanzado al viento, o como si hubiese sido arrojado dentro de una botella que bailoteaba sin control a merced de los caprichos indescifrables del mar.
Al fin una suave ola de brisa tibia la acercó hasta mí y para mi deleite se quedó suspendida un instante mínimo en el aire; tal vez para satisfacer su curiosidad o quizá  para asegurarse de que yo nunca la olvidara. 
Una maravilla de la naturaleza o un milagro inventado para mí. Creo que moriré sin saberlo...
Era una mariposa, pero una mariposa que nunca había visto y que jamás volveré a ver. No hay otra igual ni la habrá. Su forma y su apariencia no eran precisamente lo que yo hubiera podido identificar como natural. No por la perfección a la que la naturaleza me acostumbró, sino por su estricta pero graciosa y delicada forma geométrica. 
Era, pues, un rectángulo blanco, alargado y fino de inmaculada blancura y cuyo blanco perímetro estaba completamente poblado de tenues volados blancos, cual suntuoso y ondulante vestido blanco de bailaora gitana. Era blanca blanquísima, como el amor, como la esencia nívea, como la sal seca de una lágrima y, si en verdad existe Dios, ella habría sido tan blanca como el blanco aura de la clara divinidad. Sería entonces tan blanca como la Gracia de Dios.
Era una danza sensual, un ritual pagano, una premonición oculta. Aquella titilante blancura era un farolito de arrabal recostado contra el negro cielo de una noche cerrada, un cristal pequeño y frágil como la lágrima del desamor. Era en fin el espejo luminoso de las nieves eternas, luz espejada de la eternidad.

Unos segundos después, al ver que se alejaba flotando y danzando en el aire, imaginé que la suya sería una belleza dolorosa, obligada al deslumbre y sin permiso para el más mínimo desliz estético. Una belleza etérea e intangible, necesitada de desaparecer antes de que una mirada deshiciera su hechizo.

Se escondió enseguida en algún rincón frondoso de aquella metáfora de selva brasilera, desapareciendo de mi vista tan mágicamente como había aparecido. Fue entonces que la vida recobró de a poco su ritmo mecánico y altivo. Cantaron los pájaros sus mil variados acordes, otra vez la hierba pujó por borrar el indeseado sendero, las flores silvestres recuperaron la luminosidad de sus multicolores brillantinas y los pájaros dormidos que esconden las orquídeas volvieron a intentar el vuelo.

Y yo aún sigo allí, recostada sobre el viejo tronco tumbado; tumbada sobre mi alma tendida en la hierba, con el corazón más libre...